«Donde el tiempo susurra en la piedra y la luz aprende a rezar»
El sábado 10 de octubre no amaneció como cualquier otro en Granada. Había una brisa suave acariciando el bajo Albaicín cuando la Asociación Sagrada Familia se dio cita en el histórico Pilar del Toro. Allí, entre el murmurar del agua y las miradas cómplices de los socios y amigos, dio comienzo una jornada tejida con ilusión, cultura y memoria.
Como Vocal de Cultura, me cupo el honor de abrazar con palabras la bienvenida, recordando que no veníamos solo a contemplar las piedras del palacete del siglo XVI que erigiera Juan Rodríguez de Pisa, sino a conmemorar sus 95 años como espacio museístico. Veníamos a recorrer la morada donde el alma de Juan Ciudad —nuestro San Juan de Dios— halló su refugio definitivo.
Pasos en el patio y el latido del arte
De la mano de Manuel, nuestro guía e intérprete del patrimonio, atravesamos el humilde zaguán para dejarnos acoger por la serenidad del patio porticado. La luz tamizada de la mañana acariciaba la fuente central mientras escuchábamos la historia de aquellos muros. Al ascender por la majestuosa escalera, la mirada se detuvo, sobrecogida, ante el gran lienzo de Gómez Moreno que retrata al Santo salvando a los enfermos del incendio del Hospital Real.
A lo largo de las 12 salas abuhardilladas y bajo la solemnidad de las armaduras de madera, el tiempo pareció detenerse.
Contemplamos donaciones repletas de devoción: azulejos nazaríes, tablas flamencas de van Cleve, la delicada cabeza esculpida por López Azaustre, la maqueta de Moreno Romera y el bastón de limosnas que desgastó las calles granadinas. Incluso la memoria reciente latía allí, custodiada en el pergamino del Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2015.
El silencio sagrado de la Cámara Santa
Pero el corazón de la visita aguardaba en la intimidad. Llegamos a la Cámara Santa, esa estancia pequeña y recogida donde el 8 de marzo de 1550 expiró Juan Ciudad.
Allí, el aire se volvió denso de respeto. Mi compañera Chuss, con una lectura serena y magistral, dio voz al texto del libro que guardo con tanto afecto en mi corazón: «Yo no estuve aquí, pero sé lo que ocurrió en esta Cámara Santa». Escuchamos el conmovedor diálogo entre el Arzobispo Don Pedro Guerrero y un exhausto Juan de Dios, apesadumbrado por sus deudas de amor hacia los pobres y desheredados.
«Padre mío y buen pastor, tres cosas me preocupan: lo poco que he servido a Nuestro Señor, los pobres que he acogido... y estas deudas que he contraído por Jesucristo».
Cuando el Arzobispo tomó el libro de deudas y le prometió saldarlas y velar por sus necesitados, una paz infinita inundó la habitación. El silencio que siguió fue sepulcral, casi místico; un silencio roto únicamente por la emoción contenida y alguna lágrima furtiva que resbaló por las mejillas de los presentes. Fue, verdaderamente, un momento mágico.
El broche de oro en la Capilla Neogótica
Como colofón inolvidable, nos adentramos en la capilla neogótica. Nos acomodamos en los bancos y, de repente, la historia cobró vida. Brotó la figura de San Juan de Dios encarnada por el actor Ildefonso Gutiérrez, en una interpretación sencillamente sublime: tierna, apasionada, brillante y visceral. Por unos instantes no era una representación teatralizada; era el mismísimo Santo susurrándonos su vida, sus flaquezas y su desbordante caridad. La emoción volvió a erizar la piel de todos los asistentes.
Agradecimientos desde el corazón
Al cerrar el encuentro, el sentimiento predominante no podía ser otro que la gratitud. Una jornada así solo es posible gracias al tejido humano que la impulsa:
La Casa de los Pisa guardará para siempre el eco de nuestros pasos; nosotros nos llevamos en la memoria el aliento de una mañana donde la piedra volvió a hablar y la luz, en silencio, aprendió a rezar.